La verdadera cara de la civilización


Fieles adoradores de Osho
Imágenes del documental Wild Wild Country
sobre el gurú  Bhagwan Shree Rajneesh (Osho)

Las sectas no producen horror por sus crímenes ni por sus fanatismos o beligerancias, sino por el desconocimiento que nos suscitan. La potencia pavorosa de una secta se reconoce en su secreto: cuando un hombre es partícipe de sus confidencias fundamentales, su temor se desvanece. 

El dogmatismo de los “otros” así examinado es únicamente una medida de su fuerza de oposición: duelo civilizatorio: fundamentalismos que se neutralizan. Nos aterran las sectas en la medida en que su hermetismo es nuestro hermetismo reblandecido: las sectas no permiten una mirada externa que desvele sus secretos sin ser responsables de ellos, toda mirada se estrella contra ese paredón insondable que sólo podría atravesarse una vez penetrado su centro: allí donde el veneno de un dogma violenta las miradas hasta disolverlas. 

La “captación” no es sino este fenómeno de responsabilidad social que agudiza explícitamente su hostilidad sobre el individuo. «Haría falta dar un paso fuera del mundo para ver cómo se han construido, de manera sectaria, nuestras mañanas» dice Fernández Porta. ¿Qué es, después de todo, un joven captado por una secta, sea cristiana, islámica, cienciológica, etc.? ¡Como si nosotros no estuviéramos "captados"! Pero captados con desidia: al menos la secta hace creer al individuo que importa: o lo descompone hasta que no se importa ni a sí mismo. El mito de la felicidad es la realidad de las sectas. La brutalidad no refuta ni amerita un reproche moral más que en el sentido en que usurpan nuestro derecho exclusivo a la brutalidad.

Una sociedad sólo es “tolerante” cuando puede permitirse serlo. Cuando ha alcanzado un grado de dominación tal que el “enemigo” queda deslegitimado con su propia oposición. Y Occidente sólo ha podido ser tolerante gracias a la evangelización del mundo tras la reconquista, que imponía una “razón” dominante libre de supercherías sobre el resto de razones “delirantes”. Escribía Gustavo Bueno: «(…) es precisamente el Dios de los cristianos quien ha salvado a la Razón humana a lo largo de la historia de Occidente». La razón occidental no es indulgente: es condescendiente. Cabría preguntarse si la condescendencia principia la  perdición o si enmascara una perdición perpetua que nunca toca fondo.

¡Agradezcamos la salvación que gozamos, sin tener que cubrirnos con el manto del horror histórico, el espantoso proceso civilizatorio! La divina razón no sólo ha vaciado nuestros corazones, además ha logrado arrodillar nuestras esperanzas: no podemos ni querer ser libres porque no somos capaces de concebir otra libertad excepto aquella que se imposibilita a sí misma. ¿Y quién desearía lo indeseable? ¿Quién se reconciliaría con la nada? ¡Menudo despilfarro de esterilidades! «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree ser sabio en este mundo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio» se dice en Corintios 3:19. Pero nuestra reprobación es la siguiente: nadie es lo suficientemente ignorante.

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