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España es una cárcel: cuanto más profundo es tu hoyo, más libre eres de seguir cavando. |
Durante la campaña para las elecciones europeas, el autoproclamado analista político Alvise Pérez prometió la construcción de una megacárcel para cuarenta mil personas —las grandes estupideces honran la eternidad: lo que el estúpido anhela es permanecer, y permanecerá cueste lo que cueste—. Al margen del poder político efectivo que requeriría una empresa nacional de semejante tamaño, de su viabilidad y de, por qué no añadirlo, si podemos o no creer cualquier cosa que salga por el orificio bucal de Alvise (ese orificio tan recóndito y oscuro, que oculta y al mismo tiempo desconoce sus propios misterios), el proyecto peca no tanto por populista como por suponer una forma de indigencia espiritual soterrada. Si nos resulta absurda la construcción de una megacárcel para combatir el crimen es por la penosa falta de ambición, valentía y estrechez de miras que disimula el proyecto: ¿por qué no construir una megacárcel para cuarenta y ocho millones de españoles? ¿Por qué no amurallar, cercar, aislar la península ibérica1 siguiendo la línea de puntos de sus fronteras? Lo que hoy nos parece estupidez, mañana puede ser la opinión mayoritaria: mejor ensanchar esas opiniones que jugar a mitigarlas.
Las mentes horteras, megalómanas y salvapatrias atraen a las moscas, pero cuando le prestamos atención a la música que palpita en el zumbido encontramos las semillas de ideas más grandes, nobles y profundas que las que estas mentes obtusas y mal disimuladamente pobretonas podrían conjeturar en mil años de vida —todo proyecto político es en parte un proyecto megalómano—. Al estúpido, en todo caso, se le debe agradecer esa semilla: en sus manos no puede florecer, pero en las nuestras abarcará los cielos y le dará sombra a los ángeles. Así como Napoleón debió de estarle muy agradecido a Robespierre por librarle de su competencia y haberle allanado el camino hacia el éxito, por contribuir positivamente a la generación del contexto histórico que necesitaba la aparición de una figura de su importancia, nosotros debemos estarles agradecidos a nuestras pequeñas inteligencias contemporáneas por permitirnos romper los paupérrimos esquemas mentales de la población para entregarles la posibilidad de una nueva trascendencia.
Lo cierto es que ningún gran proyecto humanitario podría llevarse a cabo si la realidad no lo estuviera ya aguardando —el advenimiento del socialismo en el mundo no ocurrió porque Marx teorizara sus posibilidades: ambos momentos fueron paralelos—. El que nos sea posible concebir una megacárcel ibérica para cuarenta y ocho millones de mediocres, resulta únicamente de la determinación absoluta de la idea: es porque España ya es una cárcel que podemos rasgar su vientre y destripar la luz de un proyecto urbanístico no solo factible sino además histórica, política y culturalmente necesario.
Es porque los españoles se sienten, se saben y son de hecho prisioneros, prisioneros del clima político, de la tecnología, de las opiniones, de la información, de las modas y de los prejuicios, falsas subjetividades disciplinadas, castradas y entregadas al poder del Capital, que podemos construir una megacárcel ibérica: nos limitaríamos a dar forma sin invocar ningún material nuevo. Las piedras de la cárcel ya componen nuestro paisaje y establecerán su marco: vivimos rodeados de piedras enormes y hermosas que hasta ahora habían permanecido ignoradas, cogiendo polvo, rebelándose inertes contra su misión salvífica histórica, sirviéndole de escondite a las sabandijas. Ya es hora de coger esas piedras, acicalarlas un poco y utilizarlas para lo que quiso Dios, y no Alvise, que las utilizásemos: construir la cárcel más grande del globo terráqueo, del sistema solar, de la Vía Láctea y hasta del universo entero. Construir una cárcel tan grande, empero, puede naturalmente tener algunas pequeñas desventajas —Diario ‘El testigo’ no es un periódico tan idealista—, pero qué significa una desventaja ante la tiranía de la necesidad. No tendremos que esparcir ningún polvo de hada, motivar nuevas inercias culturales ni organizar la sociedad de un modo disciplinario diferente al modo al que ya se encuentra organizada: se trata de evidenciar, de transformar lo que es un deber ser que module efectivamente nuestra poco significativa realidad. Los españoles confunden combatir la injusticia con sancionarla, y es para reconfortar sus ánimos miserables que desean una cárcel: hagámosles saber mediante la realización esperpéntica de sus fantasías que ya viven en una. Bien, puede que nadie apoye dicha medida y ninguna constructora se preste a amurallar la península ibérica; en tal caso, dado que la cárcel es independiente de sus muros, rogamos que se entrecomille el país con dos gigantescas plataformas marítimas que imiten el símbolo.
Las mejores oportunidades históricas no llegan más que una vez cada mil o dos mil años: España ya perdió hace cuatrocientos años la oportunidad de un gran concubinato de naciones latinoamericanas cobijadas por la corona, al querer imponerle al espíritu de estas naciones una identidad demasiado limitada: España olvidó su misión evangelizadora y se dedicó a la minusvalía del saqueo. Puede que Alvise sea tan solo el burro aquel con una zanahoria pegada al hocico, o como la mula de carga que camina al frente pisoteando todo lo que se cruza en su camino —recordemos de paso lo que escribe Kierkegaard: «Se lamentan porque a veces aparece un artículo falso. ¡Ay de mí! ¡Qué inepcia! No, lo falso es la forma total de tal información en su esencia misma»—, pero los españoles tienen hambre: hambre de sentido, de gloria, de heroísmo…, y habrá que robarle al burro su zanahoria si queremos darle un bocado a la historia. Espantemos los bostezos, los torpes espasmos de pereza y este tan burdo y ridículo resentimiento, que no es sino resignación a un protagonismo deslocalizado. España es una megacárcel a la que solo le faltan los muros. Vivimos rodeados de piedras maravillosas que esperan ser cinceladas con bellos motivos y frases alentadoras: España es una, grande y cárcel. Avivemos el fuego que ya arde en nuestros corazones y purifiquemos nuestra nación con esas llamas.
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1. El que los portugueses y andorranos puedan mostrarse poco partidarios del proyecto no es motivo de interés en este artículo. Primero importan los deberes de las naciones; sólo después sus derechos.
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