El reino animal de las supersticiones

imagen de inteligencia artificial el universo en una jáula de pájaros
Esquema de nuestros conocimientos


Contrariamente a lo que se enseña en los manuales de psicología y en los cursos preambulares que sirven de sosiego hipnótico en cualquier estafa piramidal, los seres humanos somos muy malos anticipando el futuro: el futuro es un océano demasiado vasto, y cualquiera de sus olas puede sumergir nuestra insignificante embarcación. Para colmo, toda anticipación puede reducirse a mera superstición: la superstición es la telaraña del entendimiento. Entender implica erguirse sobre la superstición, doblarse hacia la magia, agacharse contra el mito y cojear apoyado en el logos; en suma, un escorzo patético y doloroso del que siempre saldremos contracturados.

La superstición participa de la magia mediante su sublimación en forma de teoría de los procesos y legislaciones del universo. Hoy juzgada falsa, irracional o pueril por la moderna humanidad y sus ciencias, la magia denota además una palmaria falta de ambición, y quizá la mayor objeción que pueda hacérsele sea su total ineficiencia para lograr los fines que pretende: la magia también pretende ser técnica. Sin embargo, ¿no es acaso la eficiencia misma un mito que pretende reducir la verdad a lo útil, la ley a la gestión, el sistema al protocolo? ¿No podría afirmarse, siguiendo este impopular aunque (creemos) sutil razonamiento, que al establecer un marco circular de conocimiento la propia ciencia moderna conforma una magia únicamente perfeccionada por la experiencia, donde lo verdadero sigue sin aparecérsenos salvo como producto, como efecto, como utensilio? (Al mirar la oquedad de una tubería, no se ve la tubería, sino tal vez su misterio, si es que se consigue no apuntar por error a otra tubería). El entendimiento humano supone una especial adaptación ecológica, pero esa misma adaptación desliga el entendimiento del objeto de su comprensión (la cosa en sí) y hace desaparecer al ser humano en su mismidad hipertrofiada. ¿Y qué es la cosa en sí, sino un sucedáneo filosófico del motivo de lo sagrado, aquello que nunca aparece, que se limita de hecho a no irrumpir, a desaparecer, una fantasmagoría que conduce al hombre a través del enrevesado entramado de su conocimiento…? L o i n e  f a b l e. 

El psicólogo norteamericano Skinner demostró, con el pretexto de ridiculizar a unas pobres palomas, el mecanismo de la superstición. Pero lejos de valer como argumento contra la inteligencia de las palomas, el que sean capaces de ser supersticiosas las revela precisamente como criaturas inteligentes, porque significa que tienen un cerebro adaptado para dar cuenta de cierta regularidad en el mundo, aunque la mecánica de esa regularidad les sea ajena y sus predicciones, por lo tanto, resulten chistosamente fallidas. Lo que no hacen las palomas, puesto que carecen de razonamiento verbal y de una metacognición sofisticada, es elaborar una teoría de la regularidad para integrarla en la cultura en forma de lo que ya nos atrevemos a enunciar como magia. 

  Hay muchas cosas que, indudablemente, los seres humanos pueden hacer y el resto de los animales no —aunque al revés también—, todas ellas en relación más o menos directa con su característica capacidad de simbolización y una anatomía especializada que permite la creación de herramientas complejas —ya sean ruedas, lanzas, teléfonos móviles, aceleradores de partículas o metáforas—. Entre todos los seres supersticiosos del planeta tierra, es el ser humano el que ha alcanzado mayores cotas de disparatada genialidad. Cuando Platón, por ejemplo, escribía acerca del mundo de las ideas estaba elevando la superstición, como complejísima y refinada elaboración filosófica, a la cima de las creaciones intelectuales humanas, coronando al hombre con un mito que lo divinizaba: el sentido último del mito es, sin duda, sentar al hombre sobre el mundo en la postura menos incómoda posible. Consecuentemente, cabe decir que el paso del mito al logos nunca se realizó más que como una autojustificación colonialista occidental a partir del espacio del pensamiento griego, que Auguste Comte formularía como positivismo y la humanidad creyó como un hecho histórico incontestable, puesto que acariciaba sus vanidades,  a pesar del peso político, social, cultural y económico que todavía tienen la superstición, la religión, el pensamiento mágico y todos los mitos que atiborran y condimentan el entendimiento de las sociedades humanas. Ejemplos paradigmáticos de estas sortijas son axiomas y creencias básicas tales como: la naturaleza sagrada de la propiedad privada, el libre albedrío, el universo como un complejísimo mecanismo ciego reducible puramente a operaciones lógico-matemáticas, la meritocracia o ese absurdo “algo hay” que dicen las gentes cuando no saben ni lo que dicen ni lo que creen que debería haber. 

Así pues, nuestro día a día está plagado de mitos: el mito es una plaga dietética, el ser humano es, hasta donde sabemos, la  única criatura mitófaga del universo. Podría definirse el mito como una estructura narrativa, una falsa conciencia —que no una creencia falsa— cuya función social consistiría en naturalizar ciertos elementos compositivos troncales a la cultura, la política y la economía en que dichos mitos se hayan inscritos, entrelazándose con ellas, conformándolas y proporcionándolas un sentido unívoco y unificador. El mito, aunque pueda ser falsa conciencia, proporciona no obstante un sentido ideológico común a la vida social a través de referentes legendarios compartidos —no todos los mitos oscurecen, valga decir, los mitos también evocan y denuncian—. El dinero,  la democracia, la técnica, el amor, las hechicerías, el estatus, los derechos humanos, la literatura o el aborto: nada sería posible sin el mito. El valor de un billete de cinco euros como objeto de intercambio de mercancías, por ejemplo, es un modo a través del cual nuestros símbolos penetran la realidad del mundo, confiscándola y dirigiéndola. Para que el dinero opere utilitariamente en el mundo se necesita, primero, de la abstracción y simbolización, y segundo, de la mutua confianza, es decir, que todo el mundo consienta en darle el mismo valor a un objeto —lo que a su vez no sería posible sin abstraer y simbolizar—. El mito aparece entonces como narrativa subterránea, porque no es propiamente una historia, sino una asunción, el consentimiento irreflexivo a un estado ideológico de cosas: violar el principio mítico del valor del dinero es lo que entendemos por estafa. En el caso de la política esta mitificación se da de manera aún más trágica, pues en términos políticos lo imposible es no ser estafado: votamos porque creemos que depositar nuestra confianza en tal o cual partido político garantiza que, de gobernar, obrará en consecuencia a los principios compartidos por los cuales les hemos votado, y que dichos principios son la mejor garantía para una buena vida y un ordenamiento civil específicamente racional y ventajoso. Aquí el mito toma la forma de la más llana superstición: el vórtice de la superstición es la ilusión de control. Creer que podemos controlar lo que haga nuestra clase política es una superstición: sumaremos a la gravedad de la acusación el que, en la actualidad, nuestro sistema democrático no cuente con ningún tipo de sanción para obligar a los políticos a que cumplan sus promesas. 

Si el mito es  referente popular, la creencia fundamental que pertenece al sentido ideológico común, la magia es la raíz de lo social. La filosofía occidental, al distinguir el mito del logos, no hizo sino razonar una mitología más moderna, donde el ordenamiento del cosmos no se daba ya por ciertas reglas caducas y se pretendía no solo significar el universo sino también describirlo. Con el avance de la técnica moderna la descripción ha ido sustituyendo a la significación, y poco a poco la utilidad devora asimismo la descripción. Pero lo útil es tan solo el enésimo de los mitos humanos, el mito más pulido, aunque la modernidad de los conceptos suele ir de la mano de su ninguneo. Decir, sin ir más lejos, que el capital desencanta el mundo es no haber entendido nada: con el surgimiento del capital asistimos al advenimiento del sentido secular del mundo, en modo economicista, pero no a su máxima racionalidad; esto es, la institución de la magia en concepto de racionalidad: una magia donde lo sagrado es simplemente la vulgarización de lo extraordinario. 

El animal humano, ese fantoche de lo etéreo, es el único ser vivo precario en el universo, porque en el universo todo es necesidad y el hombre es la única criatura que se niega a transigir con ella. Pero su intransigencia pordiosera es vana esperanza: en los adentros de la esperanza palpitan atávicas creencias, la ilusión de que el hombre puede, mediante el sacrificio de su propia alma, dictar sentencia sobre las tormentas que agitan los mares de su torrente sanguíneo. 

 

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