La verdad de la indiferencia: escepticismo o barbarie

Pirrón

«La imagen como conmoción y la imagen como cliché son dos aspectos de la misma presencia».

Susan Sontag

¿Vale una imagen más que mil palabras? Los periodistas, los políticos y politólogos, los agitadores, los influencers, los activistas, los intelectuales, los tertulianos, los propagandistas y, en fin, toda esa retahíla de discapacitados morales que intoxican la conciencia pública con sus polémicas y sus porfías, opinan que sí (1).

Pero se equivocan, y nadie en su sano juicio puede estar de acuerdo con esas alimañas oportunistas, entregadas únicamente a su éxito personal, académico o económico: es posible que la imagen valiera, antiguamente, diez millones, cien millones, mil millones de palabras, pero eso era antes. La imagen ha perdido su estatus característico, su oro ha trocado en uranio, ya no brilla ni canturrea y ahora sus vapores envenenan. Dejemos que caiga por el nauseabundo sumidero de la información, pues toda imagen simula una verdad anterior que depende, estrictamente, de nuestras concesiones ideológicas: las imágenes no son más que formas encarecidas de la mentira (2).

(¿Quiénes pastorean a la sociedad, dirigiendo sus pasos en la penumbra, conduciéndola hacia un espantoso horizonte de ignorancia, socavamiento, incertidumbre e histeria? ¿Y qué medios de dominación utilizan? La influencia hedionda de los mass-media para mantener el statu quo y propagar ideología es tan vieja como los primeros periódicos, y tan profunda como la cultura de masas. Sin embargo, debido a las nuevas tecnologías de comunicación y al auge reciente de las IAs, nuestro tiempo representa un salto cuántico respecto al dominio ideológico que las élites intelectuales, tecnocráticas, políticas, culturales, económicas y periodísticas pueden imponer sobre nuestras conciencias, inteligencias y emociones. La enajenación elevada al nivel de absoluta irrealidad no solo implica la enésima —y más socavante— victoria de los poderes económicos sobre la masa, sino también la expresión particular del momento histórico y sus urgencias inmediatas o futuras: hasta las élites serán irreales; y el hombre una fantasmagoría para el hombre. La unidimensionalidad humana de la que escribía Marcuse es ya palpable. Por fin se puede decir del mundo que es la totalidad de lo real, precisamente porque el signo de lo real ha muerto).

    Toda información es un simulacro de verdad que se sirve de la imagen para fingir una veracidad objetiva: cada pequeño embaucador juega un rol importante como agitador de la conciencia social y agente directo de la ideología —nos parece real porque lo vemos, pero lo que vemos apenas representa un fragmento ínfimo de la realidad, y en cualquier caso, nunca distinguimos del todo bien entre lo real y la representación de lo real. No olvidemos, en última instancia, que la identificación de una imagen necesita de la palabra: es la relación entre palabra e imagen la que da un sentido, un significado a lo representado—. Desde el presidente del gobierno al demonio freelance de turno, cada personaje representa un matiz de la mascarada, y el torrencial apabullamiento de informaciones contrapuestas que sufrimos no representan más que aspectos rivales de una misma dimensión totalitaria —no insinuamos que exista un pacto de conformidad entre, por ejemplo, izquierdas y derechas, de manera que pretendamos sugerir algo así como una “gran conspiración”: lo que decimos es que todas las aparentes fuerzas de conflicto pertenecen a una misma dimensión de la mitología posmoderna y capitalista—. En el espasmo huero de la sobresaturación, en el folclore ideológico de las opiniones, cada confín de la imagen no refleja ya más que su propio vacío de contenido (3).

    Concebida la barbarie abstracta del mañana, solo nos quedará imitar al filósofo Pirrón, de quien se cuenta que, viendo a su maestro Anaxarco atrapado en un cenagal, pasó a su lado sin socorrerlo. «Culpáronlo muchos por ello, pero su maestro lo alabó como un hombre indiferente y sin afectos». ¡Que se revuelvan los puercos, los mediocres, los mentirosos, que el sabio pirrónico del mañana cruzará la información indiferente, sin alterarse por mendacidades  ni cuchichear estupideces! 

    Solo cuando la posibilidad inmediata de una verdad, o mejor dicho, de la verdad misma, se esfume de una vez por todas y para siempre, cuando no existan discursos elaborados sino eslóganes multiplicados hasta la saciedad, cuando la imagen se instituya como una nueva arquitectura, se comprenderá al fin el purísimo y santo valor de la indiferencia  —abstraemos de la relación entre las virtudes de la Epojé (ἐποχή) y la Ataraxia  (ἀταραξία) el concepto sintetizado de la indiferencia: un escepticismo sin indiferencia es un escepticismo vacío de contenido: una burda negación impotente—, y no dudaremos, sino que enfermaremos de duda, puesto que la duda es la única enfermedad que nos perfecciona debilitándonos.

    La dictadura de la posverdad que se avecina se alimentará de nuestras emociones para sostenerse, y solo el escepticismo hará renacer la libertad de sus cenizas. No. Una imagen no vale más que mil palabras, puesto que la imagen no vale ya nada y valdrá aún menos mañana. Lo único valioso será la indiferencia con la que nos enfrentaremos a los agitadores, a los manipuladores, a los pastores de masas y dementes anodinos que buscan (y buscarán mañana con mayor poder y energía) desquiciarnos, confundirnos y doblegarnos a su vampírica, aunque estéril, tiranía. Sólo una íntima indiferencia —y un  mundano y humilde entregarse a lo cercano— salvará nuestros espíritus de su destrucción.

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1. Opinan, en síntesis, que para confrontar mil palabras solo se necesita una imagen, no dos o tres, porque para ellos la relación entre palabra e imagen es parecida a la relación entre el agua y la sed. Ignoran, porque les conviene ignorarlo, que la significación de imágenes siempre necesita de palabras, y que dicha significación nunca es inocente. 

2. Darle a la imagen una veracidad objetiva implica dos cosas: 1) confianza absoluta en el emisor o la autoridad competente que regula la calidad o el rigor de la información  2) el olvido de que si creemos en la veracidad inmediata de una imagen es porque reafirma lo que ya pensábamos. Pero nada más fácil, actualmente, que una simple búsqueda en Google para deshechizar su poder embaucador y colocar esa confianza en un segundo nivel de importancia.

3. En solo unos pocos años ni siquiera hará falta manipularnos con el contexto de una imagen, puesto que todas las imágenes serán simulaciones hiperrealistas de las inteligencias artificiales y distinguir entre una imagen creada por inteligencia artificial y un acontecimiento espontáneo grabado a través de una tecnología móvil será igual que un mero cotilleo: harán falta peritos informáticos, un canal de retransmisión y cierto aura de oficialidad que hará mucho se habrá perdido para siempre. Estamos a cinco años, quizá diez, de un Ministerio de la Verificación —el enésimo Ministerio inútil—.



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