Ninguna de nuestras ideas, motivaciones, alegrías, angustias, sueños y meditaciones tiene representación en el mercado electoral. Frente a la premisa de que no se puede renunciar al voto simplemente porque ninguna opción te convenza del todo, debe oponerse una idea mucho más precisa: los partidos políticos no pueden representarnos en nada de lo que nos importa. La parcela del partido en nuestras vidas es reductible a su propia ficción. El votante, u opinólogo promedio, no subordina el partido a la ideología, sino la ideología al partido: lo convierte en un tamiz a través del cual filtra lo pensable.
Esta subsunción del pensamiento por el programa (1) supone una mediocridad palmaria. Ciego a las consecuencias de su adhesión, el electorado todavía ignora un segundo desplazamiento: el mercadeo rutinario de lo público en favor de las iniciativas privadas, puesto que todo en el mundo es susceptible de ser traficado cuando la lógica obedece al Capital y su castrador allanamiento. Ningún partido traicionará su propia supervivencia: para sobrevivir requiere de la financiación y del favor de los poderes económicos, más o menos disimulados, más o menos devastadores. De esta forma, el ciudadano renuncia a su condición de agente político para convertirse en un mero consumidor cuya satisfacción se vende como mercancía. Pero su satisfacción es imposible: la supervivencia del sistema exige la perpetuación del conflicto, y cuanta mayor sea la insatisfacción, más apegado estará el ciudadano al bucle infinito de las convocatorias electorales.
No todo pensamiento se puede extrapolar a la contienda política: puede que los criterios personales acerca del modo más eficaz y benevolente de gestionar los recursos institucionales, de la formulación más adecuada de reglamentos, procedimientos y distintas legislaciones, y del significado, la amplitud y la limitación de la libertad o la tradición, etc., puedan ajustarse —restándoles profundidad y entusiasmo— para que coincidan con proyectos concretos, pero limitados, de los aparatos de partido y sus respuestas a los distintos problemas devenidos de la convivencia pública. Lo mejor siempre puede reducirse al campo de lo posible, a condición de que lo posible se eleve al estatus de lo perpetuamente inmutable: lo imposible sería entonces todo aquello que quede fuera del campo fingidamente neutral de la ideología. Si se concede esta forma invertida de la utopía, se concederá asimismo su propia limitación caprichosa, y por amplitud, la perfecta degeneración que supone reducir los objetos del pensamiento a los objetos de la ideología socialdemóc🐀(2).
No se trata únicamente de reprochar el capricho de las izquierdas y las derechas, por ilustrativo que resulte de dicha degradación, puesto que las costumbres son férreas y nadie va a dejarse de identificar con una ilusión por mucho que se le restriegue su vulgaridad por el rostro; ni siquiera una deconstrucción que disolviera la ilusión en la nada sería de la menor utilidad. Las ilusiones son indestructibles: mientras haya humanidad habrá ilusión. Semejante delegación masiva de la soberanía individual no podría darse sin una hipnosis a gran escala que nos ciega frente a una evidencia desgarradora: que el espíritu de los seres humanos ha sido truncado por la lógica del comercio hasta sus más sutiles e íntimas ramificaciones. Pero la humanidad parece sentirse comodísima en esa reducción del pensamiento a los contornos maniqueos de las trifulcas partidistas.
En la naturaleza, los animales de inteligencia superior ahorran energía siempre que pueden: la pereza es síntoma de inteligencia, en tanto que implica discernir cuándo actuar y cuándo quedarse inmóvil. Esta conservación de la energía constituye una ventaja evolutiva evidente: el despilfarro compromete la supervivencia, la agota en las múltiples variaciones del consumo. Ahora bien, lejos de tratarse de una simple economía biológica, el mercado cultiva y explota deliberadamente la pereza del animal. El que los seres humanos adecúen sus capacidades al confort de una discusión prefabricada —por limitada y arbitraria que sea— representa la atrofia inducida de este fenómeno homólogo de la pereza en los elefantes, leones o delfines.
Acotar las opiniones al campo de la actuación política meramente pragmática es, por lo tanto, una mediación entre la vida y la muerte para la mayoría de los ciudadanos biempensantes que pueblan nuestras avenidas y castran nuestra sublimación.
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1. El fetichismo de la delegación a un programa electoral evidencia su conciencia funcional, ese sutil remanso de seguridad cognitiva que nos proporciona el que la verdad pueda inscribirse en la piedra de un programa.
2. Resta por aclarar un concepto cuyo desarrollo histórico comienza a resultar palpable: en la era de la atomización, cada cual es de suyo una cosa ajena incluso a sí mismo. Se entra de lleno en el libre intercambio no ya sólo de recursos y funciones, sino también de fantasías y de orgullos, definiéndonos cada vez con mayor ahínco por los signos aislados de lo humano en lugar de por su totalidad relacional. De esta forma, cada vez nos identificamos menos con luchas generales y con partidos y más con causas, con fenómenos concretos de una ideología homicida: feminismo, nacionalismo, cambio climático, pro-vida, medicina alternativa, liberalismo, brujería, salud mental, poliamor, animalismo, antiprogresismo… ¿Cuándo lograremos cebar la historia? Los últimos eventos históricos tal vez permitan deducir el paulatino fin de los partidos políticos en pos de una época de luchas, no ya colectivamente aisladas, sino puramente individuales: el ciudadano elevado a causa sui. El hombre no será ya un lobo para el hombre, sino algo mucho peor: el hombre será un pastor para el hombre.

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